🎒🚨 LA ESCUELA NO ES UN CAMPO DE BATALLA
Editorial sobre cómo el miedo, el hostigamiento y el uso político de la escuela están vaciando las aulas y rompiendo la confianza en la educación pública, y un llamado urgente a autoridades, familias y docentes a reaccionar antes de que sea tarde.
- La escuela no puede ser un campo de batalla de poder, tiene que ser un refugio.
Un lugar donde los chicos juegan, aprenden y se equivocan sin miedo; donde los docentes trabajan con respeto, sin hostigamiento ni presión política.
Cuando en una escuela pública se naturalizan los gritos, las amenazas veladas, los “privilegios” para algunos y el silencio obligado para otros, no estamos frente a un simple problema de convivencia: estamos frente a una falla grave en la función educativa.
La autoridad escolar existe para cuidar, organizar y garantizar derechos, no para imponer obediencia a cualquier costo.
También preocupa cuando la escuela se usa como herramienta partidaria:
- rifas “obligatorias”,
- actividades que se confunden con militancia,
- decisiones que parecen premiar cercanías políticas antes que el mérito profesional.
Eso rompe la confianza de las familias, cansa a los niños, agota a los docentes y vacía las aulas:
cuando una matrícula que se acercaba a 200 alumnos hoy apenas ronda los 140, algo muy profundo se está rompiendo en ese vínculo escuela–comunidad.
No es sano que los recreos se parezcan más a una formación militar que a un espacio de juego;
no es sano que algunos docentes sientan que deben callar por miedo a represalias;
no es sano que las dudas de las familias terminen chocando contra puertas cerradas o canales “encajonados” donde nunca pasa nada.
Por eso este llamado no es un ataque personal, es un pedido urgente de revisión.
A las autoridades educativas y municipales:
escuchen a su comunidad, acérquense a las escuelas, miren a los chicos a los ojos y pregúntense qué clima están viviendo todos los días.
Y a las familias y docentes:
sigan reclamando por las vías institucionales, dejen constancia, documenten todo lo que puedan y no se resignen.
El poder, bien usado, puede transformar una escuela entera para bien.
Mal usado, la convierte en un lugar de miedo.
Y ningún niño —ningún docente— merece crecer ni trabajar así.