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3ra parte Feudalismo moderno en Misiones: el caso de La Cantera

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3ra parte Feudalismo moderno en Misiones: el caso de La Cantera

El Parque La Cantera en Apóstoles fue prometido como emblema de progreso y quedó en un cráter abandonado. En 2026, tres nenas de siete años murieron ahogadas allí, en una obra pública licitada, no terminada y sin controles.

Sería fácil pensar que los cultos al poder solo ocurren en grandes naciones o escenarios extremos.

Pero también acechan en nuestra propia casa, a veces en formas más sutiles pero igualmente perversas.


No hace falta ir a lejanos continentes; en la Argentina misma tenemos rincones donde persisten feudos modernos, con sus caciques, sus clientelas y sus relatos salvadores.

Lugares donde la democracia formal esconde un autoritarismo personalista, una especie de dictadura de baja intensidad.


La provincia de Misiones es un ejemplo.

Desde hace más de dos décadas, Misiones ha sido gobernada prácticamente por un solo proyecto político hegemónico, conocido como la “Renovación”, que gira en torno a un líder con estatus casi de caudillo vitalicio.

Ese líder, el ingeniero Carlos Rovira, no ostenta título de gobernador actualmente, pero controla los hilos del poder misionero desde las sombras hace 25 años.


El Frente Renovador de la Concordia —partido que él fundó en 2003— ha institucionalizado un poder unipersonal indiscutido en la provincia.

En Misiones casi no existe división de poderes real ni alternancia: de 78 municipios, en 76 manda la misma fuerza política aliada a Rovira, y la oposición es débil o cooptada.

Se premia la lealtad al “conductor” y se castiga la disidencia; muchos que alzan la voz hablan de persecución y censura a nivel local.


¿Suena familiar?

Es el viejo feudalismo criollo, aggiornado al siglo XXI pero esencialmente igual al de otros tiempos:

un esquema donde un hombre fuerte y su entorno manejan recursos públicos y voluntades a piacere, sin transparencia ni controles.

Donde se cultiva la imagen del líder providencial, el “conductor” sabio al que nada se le cuestiona.

¿Y cuál es la base de este poder en Misiones?

En buena medida, la obra pública manejada discrecionalmente.

El gobierno provincial despliega construcciones, rutas, emprendimientos —o al menos los anuncia— para consolidar su influencia en cada rincón.


La obra pública debiera ser sinónimo de progreso compartido,

pero bajo estos esquemas se vuelve muchas veces herramienta de propaganda y dominación.

Proyectos fastuosos se anuncian con bombos y platillos, atando el voto popular a la esperanza de desarrollo…

Pero si el proyecto no conviene políticamente o no deja suficiente rédito, queda en el olvido.

Porque en los feudos la planificación no obedece al bien común, sino a los caprichos del poder de turno.

Y cuando la ausencia de controles permite que la corrupción y la desidia medren, las consecuencias pueden ser mortales.


El caso del Parque Recreativo “La Cantera” en Apóstoles es tristemente ilustrativo.

Apóstoles, una ciudad misionera al sur de la provincia, recibió en 2013 la promesa de una gran obra: un parque público modelo, recuperando una antigua cantera abandonada.

El proyecto, anunciado como “estrella” turística y social, incluía: un lago artificial más grande que el del Parque Centenario, apto para deportes náuticos; un anfiteatro para 6.000 espectadores; extensas áreas verdes y senderos.

Iba a abarcar unas 10 hectáreas atravesando la ciudad, cambiando la fisonomía del barrio La Cantera.

Se llamó a licitación pública ese año (Licitación 18/13) y se adjudicó la obra a una empresa constructora a través del IPRODHA (Instituto de vivienda provincial).

El presupuesto oficial rondaba los $11,9 millones (a valores de febrero de 2013) y el plazo de ejecución era de 450 días.

La inauguración se fijó para julio de 2015.

Todo sonaba prometedor.

La comunidad de Apóstoles se ilusionó con tener por fin un espacio de recreación, cultura y encuentro a la altura de las promesas del “gobierno renovador”.

Pero ¿qué sucedió?

Pasó el tiempo…

y el parque jamás se terminó.


Apenas se avanzó en el movimiento de suelo y la limpieza del predio, y luego la obra se detuvo sin explicaciones claras.

El lago artificial quedó esbozado como un hueco enorme en la tierra que con las lluvias se fue llenando de agua.

No hubo anfiteatro, ni costanera, ni deportes náuticos, ni nada de lo prometido.

Solo una cantera inundada, rodeada de barriales y escombros, en pleno corazón del barrio.

Año tras año, los vecinos vieron cómo aquel “proyecto estrella” se convertía en un baldío peligroso.

Hubo reclamos.

¿Dónde fue el dinero? ¿Por qué se paralizó la obra?


En 2017, concejales de la oposición local pidieron informes exigiendo saber qué ocurrió con los fondos y quién era responsable del abandono. Pero en la Misiones feudal, las respuestas nunca llegan cuando comprometen al poder.


El Parque La Cantera quedó como un monumento a la desidia y la impunidad: 12 millones de pesos presupuestados, un enorme pozo inundado, y ninguna autoridad rindiendo cuentas.


El 3 de enero de 2026, esa dejadez estatal cobró un precio atroz.

Esa tarde de verano, tres niñas de apenas siete años jugaban junto a sus familias en el Barrio La Cantera de Apóstoles, cerca de la famosa laguna abandonada.

Tres criaturas inocentes —Agustina, Soe y Ramona, de 7 años— terminaron ahogándose en esas aguas estancadas.

En un descuido fatal, las pequeñas ingresaron a la laguna improvisada —quizá creyendo que era un lugar seguro para chapotear, como hubiera sido si el parque estuviera terminado y vigilado— y ya no pudieron salir.

Los bomberos y la policía llegaron rápido, las rescataron aún con vida,

pero era tarde: las tres fallecieron por asfixia por inmersión.

Sus madres, allí presentes, vieron cómo el día de juegos se convertía en la peor pesadilla de sus vidas.

Tres familias humildes de Misiones perdieron a sus hijitas de siete años en cuestión de minutos.

La comunidad entera quedó sumida en la conmoción y la rabia.


¿Cómo es posible que en pleno 2026 tengamos niñas ahogadas en un basural inundado, en el centro de la ciudad, donde debió haber un parque seguro?


La respuesta es dolorosa pero necesaria:

es posible porque los sistemas de poder corruptos y personalistas provocan estas tragedias.

Porque cuando un gobierno local se siente impune, cuando abandona las obras públicas a medio hacer sin control ni transparencia, termina poniendo en riesgo la vida de su gente.


Ese lago mortal en Apóstoles no fue un accidente imprevisible; fue la consecuencia directa de años de negligencia, mentiras y falta de empatía de las autoridades. Se destinó dinero público para una obra que nunca se concretó —¿se malversó?, ¿se desvió a bolsillos privados?— y el vacío que quedó se tragó a tres niñas.


El culto al líder y el aparato de poder misionero seguirán hablando de “gestión exitosa”, de “Misiones pujante” en sus discursos.

Pero la realidad los desmiente con la crudeza de tres pequeñas cruces.


El feudo cobró sus víctimas. Y ninguna propaganda podrá borrar el hecho de que si ese parque se hubiera terminado como prometieron, esas nenas estarían vivas hoy.


Esta es la cara oculta y siniestra de los “relatos” provinciales triunfalistas: detrás de las fotos de cartel y las promesas grandilocuentes, hay vacunas que no se compran, hay escuelas que no se arreglan, hay parques que no se terminan.

Y con el tiempo, esas omisiones matan.


En Misiones, como en tantos lugares, el poder absoluto se traduce en abandono absoluto de las verdaderas necesidades de la gente.

Mientras el cacique de turno se perpetúa y reparte cargos, los barrios populares quedan a la buena de Dios.

La tragedia de Apóstoles duele tanto porque era evitable: porque su causa no fue la “mala suerte”, sino un sistema político enfermo de soberbia e impunidad.


Un sistema donde importa más inaugurar placas con el nombre del gobernante que garantizar mantenimiento y seguridad reales; donde es preferible dejar un esqueleto de obra antes que admitir errores o pedir ayuda.

Ese feudalismo del siglo XXI se cobra vidas concretas, de carne y hueso, igual que las tiranías clásicas pero a fuego lento.


Agustina, Soe y Ramona no sabían de política, solo querían jugar; sin embargo, la política corrupta decidió sus destinos al dejarlas sin protección.

Son mártires involuntarias de un estilo de gobierno que pone el ego y el negocio por encima del ciudadano común.