2da parte Venezuela: la promesa revolucionaria convertida en tragedia
La tragedia de Venezuela expone cómo la revolución bolivariana convirtió a un país próspero en una dictadura empobrecedora, con millones de exiliados y una economía destruida en nombre del “pueblo” y de la revolución.
Avanzado ya el siglo XXI, cabría pensar que estas lecciones estaban aprendidas.
Pero la historia trágicamente rima.
Los totalitarismos no desaparecieron, solo cambiaron de rostro y discurso.
Hoy el ejemplo más claro es Venezuela, donde la promesa de una “revolución bolivariana” emancipadora degeneró en una dictadura personalista que ha destruido un país y a su gente.
Hugo Chávez, y luego su heredero Nicolás Maduro, vendieron un sueño de justicia social, de “poder popular”.
¿El resultado tras dos décadas?
Un país arruinado, un pueblo empobrecido y amordazado.
Venezuela, que fuera una de las democracias más prósperas de América Latina, hoy es un Estado fallido marcado por la crisis humanitaria y la represión.
El chavismo, parapetado en un discurso antiimperialista y de lucha de clases, concentró todo el poder en un caudillo y su élite, eliminando los contrapesos democráticos.
Como en los viejos totalitarismos, el líder y la “revolución” se pusieron por encima del individuo, con las mismas consecuencias funestas.
Las cifras de la tragedia venezolana ponen los pelos de punta.
Más de 7,9 millones de venezolanos huyeron de su patria en la diáspora más grande que haya visto nuestro continente.
Es casi un tercio de la población: el segundo mayor éxodo del mundo actual, solo superado por Siria, un país en guerra.
Venezuela no tuvo una guerra convencional, pero la gente escapó como si la hubiera: escapó del hambre, de la falta de medicinas, de la violencia estatal.
Imaginemos por un segundo lo que significa ese número: 7,9 millones de almas, familias enteras caminando miles de kilómetros con sus niños en brazos, atravesando páramos andinos o selvas, en busca de un lugar donde sobrevivir.
Profesionales formados —médicos, ingenieros, maestros— lavando platos en otros países para poder enviar remesas a casa.
Una generación entera desperdigada por el mundo, sus títulos inutilizados, sus sueños rotos.
La mayor diáspora en la historia de América Latina lleva rostro venezolano.
Detrás de cada número hay un drama humano: la abuela que murió lejos de sus nietos, el padre que llora por videollamada el cumpleaños de un hijo al que no puede abrazar.
¿Y los que se quedaron?
Sobreviviendo como pueden.
El 86,9 % de la población vive hoy en la pobreza, según la última encuesta ENCOVI, y gran parte en pobreza extrema.
Nueve de cada diez venezolanos no tienen ingresos suficientes ni para cubrir comida y techo.
El dinero se volvió papel sin valor: la hiperinflación llegó a niveles de ciencia ficción (130.000 % anual en 2018), pulverizando ahorros de toda una vida en semanas.
Billetes convertidos en basura, gente pesando fajos de efectivo o tejiendo bolsos con ellos porque valen menos que el papel en que están impresos. El bolívar, moneda histórica, quedó reducido a polvo de imprenta.
La economía venezolana colapsó a solo una cuarta parte de su tamaño original. En poco más de una década se evaporaron casi tres cuartas partes de la riqueza nacional, un desplome sin precedentes en un país en paz.
Para dimensionar: la Gran Depresión de 1929 contrajo la economía de EEUU un 30 %; Venezuela perdió alrededor del 75 % de su PIB.
Es un nivel de devastación económica que solo se ve en países bombardeados.
De potencia petrolera pasó a importar gasolina, con refinerías paradas y pozos oxidados.
La falta de inversión y la corrupción quebraron a PDVSA; hoy Venezuela, poseedora de las mayores reservas de crudo del mundo, apenas produce una fracción de lo que producía décadas atrás.
El país nada en petróleo, pero su gente hace filas interminables por unos litros de combustible.
La crisis social es igual de atroz.
El sistema de salud colapsó: hospitales sin insumos básicos, sin guantes, sin anestesia; quirófanos cerrados por falta de equipos.
Enfermedades antes erradicadas —sarampión, difteria, malaria— volvieron con fuerza. La mortalidad infantil y materna se disparó. Cáritas reporta desnutrición aguda infantil en niveles de emergencia humanitaria.
Los ancianos reciben pensiones de miseria que cubren apenas el 2% de sus necesidades alimentarias, condenándolos a una “indigencia institucionalizada”.
Las universidades, otrora orgullo nacional, están vacías de profesores y alumnos; la educación quedó en ruinas, otro precio invisible de la tiranía.
En resumen, la vida cotidiana en Venezuela se volvió una lucha brutal por la supervivencia, un sálvese-quien-pueda inimaginable hace 20 años.
Y todo esto ocurrió en paralelo a una represión política sistemática.
Porque el régimen, para sostenerse, se aferró a la violencia y al miedo.
Hubo más de 300 asesinatos documentados durante protestas contra Maduro.
Organismos de derechos humanos y la OEA han concluido que en Venezuela se cometieron crímenes de lesa humanidad durante la brutal represión de 2014 y 2017.
Las imágenes de aquellos años son imborrables: estudiantes enfrentando tanquetas con piedras y escudos caseros; gente bañada en sangre arrastrada por compañeros; jóvenes incendiados vivos como José Víctor Salazar, convertido en antorcha humana en 2017 mientras protestaba pacíficamente.
El Estado declaró la guerra a sus propios ciudadanos.
A la par, miles de venezolanos fueron encarcelados por pensar distinto.
Hay más de 18.000 detenciones por motivos políticos registradas desde 2014.
Al día de hoy, 863 personas languidecen como presos políticos en mazmorras del Sebin o Ramo Verde, muchas torturadas, casi todas sin debido proceso.
Quienes no están tras las rejas viven bajo vigilancia: más de 9.000 ciudadanos tienen medidas restrictivas de libertad por atreverse a alzar la voz.
El miedo se volvió política de Estado: un pueblo amordazado y vigilado es más fácil de someter.
Entretanto, la prensa libre fue aniquilada: periódicos cerrados por censura o asfixia, 300 radios clausuradas,
internet bloqueado.
Venezuela cayó al puesto 160 de 180 en libertad de prensa mundial, equiparándose con regímenes autoritarios.
No quedan casi medios independientes; informar se volvió delito.
Muchos periodistas tuvieron que exiliarse o callar.
La verdad misma fue perseguida.
Todo este catastrófico saldo de 12 años de Maduro (tras 14 de Chávez) dibuja una de las peores noches que haya vivido país latinoamericano alguno en tiempos de paz.
Venezuela es hoy un país destrozado. Esas son las palabras exactas de los expertos: “una nación destrozada”.
La ONU, la OEA, Human Rights Watch, ACNUR, el FMI —organismos de todo signo ideológico— coinciden en el diagnóstico.
El régimen chavista dejó tierra arrasada: vidas quebradas, instituciones demolidas, futuro hipotecado.
Y lo hizo usando la misma receta de los totalitarismos del siglo XX: culto al líder, promesas grandilocuentes, polarización social, control absoluto…
y una implacable destrucción de la individualidad y la dignidad humana.
En nombre del “pueblo”, se anuló al pueblo real; en nombre de la “revolución”, se aniquiló la vida cotidiana de millones.
Una vez más, el final es trágico: un país riquísimo convertido en pesadilla.
Hoy Maduro ya no está – su caída a inicios de 2026, incluso capturado por fuerzas internacionales, cerró un capítulo oscuro – pero el dolor perdura. 7,9 millones de exiliados, una economía reducida a escombros (28% de lo que era),
87% de pobres, cientos de asesinados, miles de encarcelados, incontables familias separadas…
Esa es la herencia tangible de este experimento autoritario.
Detrás de cada porcentaje hay un nombre y un apellido, un plato vacío, una silla ausente en la mesa familiar.
Venezuela confirma cruelmente la lección:
Cuando el poder político se erige en culto y se coloca por encima del ser humano, el final solo puede ser la devastación.